TOBIAS WOLFF
Módulo Taller de Prosa Ficción II: el Narrador Máster en Escritura Creativa de la US
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jueves, 26 de marzo de 2026
2ª SESIÓN. A propósito de "El otro Miller" de Tobias Wolff
TOBIAS WOLFF
2B Comentario a "El otro Miller"
Hablemos primero de un elemento sencillo pero básico que ha aparecido en este relato. Ya te dije en el primer trabajo que te propuse que hacer aparecer elementos que se repitan a lo largo de todo el relato le da mucha unidad a la obra. En este caso, te habrás dado cuenta, es el hecho de que Miller se hurgue con la lengua en el puente roto. A todos nos ha pasado alguna vez que algo te molesta en la boca y te pasas el rato tocándote con la lengua. Este es un buen elemento porque, además, todo el mundo se siente muy identificado con el hecho. Y como ves, no se olvida de utilizarlo a lo largo de todo el texto, diseminado, para que nos acordemos de su pequeño dolor pero, sobre todo, para dar unidad al texto.
Pero este detalle no es nada en relación a los recursos técnicos que despliega este texto, y que tiene que ver con el juego de las sensaciones que percibe el lector con relación a la información que el autor le va dando. Primero nos cuentan que la madre del muchacho ha muerto. Nosotros pensamos: “Vaya, pobre muchacho”. Pero al momento se nos da la información de que todo ha sido un error y nos sentimos aliviados: “Miller sabe lo que ha sucedido. Hay otro Miller en el batallón...”
Esta primera situación nos revela ya muchas cosas que tenemos que tener en cuenta.
Recuerdas que te dije que para empezar, la salsa de toda historia tiene que ver con “el conflicto”. Toda historia (relato, novela, teatro, película) debe plantear uno o varios conflictos. El primero que vemos es que el soldado no quiere estar en las maniobras militares entre el barro y la lluvia. El segundo es la contrariedad de que la madre haya muerto. Y el tercero es que en realidad no ha muerto y él tiene en sí el conflicto de si desvelar el error o irse a tomar una buena ducha, ponerse ropa seca, tomar una pizza y meterse en el catre. Esto nos hace estar enganchados a la historia con gran fidelidad. No dejaríamos de leer ahora.
Pero estos primeros párrafos establecen también para el lector las claves del juego de este narrador (me refiero al tipo de narrador, no al escritor). Este narrador habla en tercera persona (ya no es como los dos anteriores ejercicios que te encargué en los que escribías desde el “yo”, desde la primera persona), pero esta tercera persona no es la de un narrador omnisciente, este narrador no sabe todo lo que pasa, por ejemplo, en la cabeza de los soldados que acompañan al protagonista en el jeep. Este narrador sólo sabe lo que piensa y siente el personaje protagonista. Es un narrador externo (porque habla en tercera persona) alter ego, porque habla por medio de su cabeza.
Esta es la clave para que el relato funcione al final. Si estuviéramos ante un narrador omnisciente, o sea, que lo sabe todo, habría sabido también que la madre que había muerto realmente sí era la suya. Y si hubiera hecho el juego de engañarnos, los lectores, al final saldrían muy decepcionados porque pensarían que simplemente han sido engañados. No sé si conoces ese chiste tramposo en el que te dicen: “Un tipo llega a un bar. Pide un anís. Cuando el camarero se lo echa en el vaso, el tipo da tres golpecitos con el vaso en la barra del bar y de lo toma de un tirón. ¿Por qué sabemos que el tipo es un bombero?”. Entonces tú te pones a pensar: anís, tres golpecitos, de un tirón. Ni idea, no tienes ni idea. Se lo dices al que te está contando el chiste y él lo concluye diciéndote: “¡Hombre, porque va vestido de bombero y lleva su casco y su manguera”. Es un chiste del absurdo y, bueno, como chiste podría medio funcionar, pero en literatura ni podemos contar chistes ni podemos engañar a los lectores. Por eso el narrador del relato del que hablamos muestra al lector las reglas de su propio funcionamiento, que el lector acepta inconscientemente como reglas del juego.
La parte más importante del relato de Tobias Wolff es la utilización de los tiempos verbales. Como quizás hayas observado, todo el relato se cuenta en presente, los verbos se usan en presente: “Miller lleva dos días de pie bajo la lluvia...”. No ha dicho: “Miller llevaba dos días de pie bajo la lluvia”. La utilización de los verbos en presente da una sensación de mucha proximidad al lector (y también, a veces, nos recuerda al estilo de elaboración de los guiones de cine que están escritos siempre en ese tiempo verbal). Y te digo que es la clave de comprensión de este relato porque, como seguro que te has fijado, al final hay un cambio “mágico” al futuro que es el que permite la sorpresa final. Miller está sentado en el jeep pensando en su relación con su madre y de pronto comprende que debe dejar ese enfrentamiento con ella porque ya no tiene sentido. Entonces el narrador lo cuenta de la siguiente manera:
“Tiene que acabar con aquello (verbos en presente), y como si llevara todo aquel tiempo planeando ese día, Miller sabe (verbo en presente) exactamente lo que hará” (verbo en futuro que nos introduce en lo que imagina que hará y, por tanto, en un consecución de verbos en futuro). Y ahora empieza la lista de verbos en futuro: “preparará” su petate, “cogerá” el primer autobús, nadie le “culpará”, le “pedirán” disculpas, “tomará” el primer autobús, “irá” lleno de mexicanos, se “sentará” junto a una ventanilla”, “dormitará”, de vez en cuando “saldrá” de sus ensoñaciones, “contemplará” las verdes colinas... Es muy interesante que aquí deja por un momento de hablar de acciones y “nos despista” describiendo el paisaje, como para que no estemos muy concentrados en el tiempo verbal (y por lo tanto en la verdad de la acción o en el deseo de que tal acción ocurra). Luego continúa con los verbos en futuro: le “dirá” al taxista, “continuará” camino, “torcerá” a la derecha; inclinado entonces sobre el asiento “irá diciendo”. Y de pronto, el verbo en presente, el hachazo: “llama” al timbre (verbo en presente); se “abre” la puerta. Bueno, y lo demás ya lo sabes. De pronto el lector ha sido llevado hasta ese lugar y no se ha dado cuenta, de pronto está ahí, y la sorpresa es total.
Si ese párrafo hubiera estado escrito en el mismo verbo en presente en el que se venía escribiendo: “prepara” su petate, “coge” el primer autobús, “toma” el primer autobús, “va” lleno de mexicanos, se “sienta” junto a una ventanilla”, “dormita”, de vez en cuando “sale” de sus ensoñaciones, “contempla” las verdes colinas... ¿Ves?, nosotros sentimos que se va acercando y podemos prever que algo va a pasar. Esta es una de las claves que todo escritor (sobre todo los escritores de guión) deben tener en cuenta: el lector siempre se va adelantando a los conocimientos “¿conquistará el chico a la chica?, “¿conseguirá meter un gol el jugador?” Siempre vamos completando, y el resultado de ese proceso da mayor o menor satisfacción a los lectores, según la reconstrucción de la que hayan sido capaces. Si un chico quiere conquistar a una chica y se lo pide y ella acepta, no hay historia. Siempre tiene que haber algo que lo dificulte. Son las claves de los conflictos, de los que antes hablamos.
En el relato, si lo hubiera escrito en el mismo tiempo verbal en el que venía contándolo, continuaría con los verbos en presente: le “dice” al taxista, “continúa” camino, “tuerce” a la derecha; inclinado entonces sobre el asiento “dice”. Y de pronto, el verbo en presente: “llama” (llama al timbre) y se “abre” la puerta, no tienen ya efecto alguno.
Pero permíteme que siga analizando este relato. Analicemos sus partes temáticas, la manera en la que se suministra la información al lector.
1. El soldado recibe la noticia de la muerte de su madre y él sabe que es un error.
2. En el jeep Miller comienza a decir mentiras (se lo pasa bien diciéndolas) y eso sirve para informarnos a los lectores de que hace dos años que no recibe carta de su madre, porque al principio las recibía pero se las devolvía sin abrir. Y se nos cuenta el núcleo del enfado: ella se casó con otro (y ese otro, además, no era ni más ni menos que su profesor de biología). Y para mostrarle su enfado se alistó.
Bueno, esta información es demasiado potente, es el núcleo del conflicto principal de la obra. El autor del texto sabe que si pone mucho énfasis en este momento el lector puede concentrarse tanto en ello que puede empezar a dudar sobre si realmente quien ha muerto es su madre o la del otro. Si el lector llegara aquí a pensar que es realmente su madre la que ha muerto, el relato dejaría de tener efectividad. Permíteme un ejemplo: el otro día fui al cine con unos cuantos amigos. La película intentaba mostrar una cosa aunque en realidad al final se descubre que es otra. Una amiga mía (que además está terminando un máster en guión cinematográfico en Madrid, pero no sé si fue por eso), se dio cuenta en el minuto diez de la película de que todo era un engaño. Cuando salimos del cine comprobamos que los que habían caído en el engaño habían disfrutado de la película, los que se dieron cuenta de todo desde el principio no. Por eso este es el momento crucial del relato que estamos analizando. Y por eso Wolff juega al despiste de la acción principal con dos anzuelos muy buenos:
3. Primero: Las hamburguesas. El recurso a la comida me parece muy bueno porque posiblemente consigue generar en cualquier lector una alta capacidad de concentración en un objeto distinto del que venía hablándose. Y es curioso porque el propio autor dice que eso mismo es lo que le pasa al protagonista: “Pasado un rato no puede pensar en nada más que en filetes de carne picada”.
Piensa, por un momento, Clara, que tú estuvieras escribiendo ese relato y que realmente te lo estuvieses inventando (no es una historia que has oído o te han contado del servicio militar), y has llegado a ese punto: quieres despistar al lector porque ya estás pensando en darle la sorpresa final. ¡Es muy inteligente hablar de comida! y a la vez entra muy bien dentro de la lógica de los jóvenes militares: comer.
Ahora, pues, nos despistan del tema principal hablando de comida y parándose a comer. Esta parte argumental justifica, además, el tema al que pretendidamente tendría que estar enganchado todo lector: la suerte que ha tenido un soldado al que por un error le han librado de las maniobras y le va a permitir comerse una buena hamburguesa.
4. Segundo: temas esotéricos. Primero hablan de la posibilidad de saber lo que otro está pensando. Este tema es muy bueno, es muy atractivo, lleva al lector aún más lejos del asunto de si la madre ha muerto o no. Abre para nosotros como lectores distintas posibilidades de futuro. De hecho, cuando yo lo leí por primera vez me pregunté: “¿Hacia dónde va esta historia”. Con dos soldados medio descerebrados (se han construido muy bien estos dos caracteres con sus conversaciones sobre como consolar a Miller y sobre las hamburguesas y ahora sobre la chica que tenía poderes), y el Miller mentiroso que sigue el juego jugándosela, porque como le pillen le pueden arrestar, la historia parece que puede ir hacia algo inesperado (y quizás truculento). Y después, salen de la hamburguesería y se dirigen a la gitana pitonisa. Magnífico: cada vez pensamos menos en lo de la madre e ideamos nuevas resoluciones de la historia. Pero de pronto vuelve al jeep y se sienta. Y pensamos: “¿qué va a pasar?”. No sabemos. Y nos dejamos llevar. Vemos que comprende que lo de castigar a la madre es una tontería. Y pensamos: “quizás esta es la historia; todo este equívoco le va a servir para perdonar a la madre (que está viva)”. Y de pronto entra el juego del futuro que creemos que es sólo su pensamiento y cuando nos vamos a dar cuenta: ya ha llegado y es tarde. ¡Magistral!
Todo, como ves, desde mi punto de vista, está medido: es un creador de emociones, y como tal creador sabe manejarnos, darnos la información cuando quiere y como quiere para llevarnos a donde quiere que es a más emoción. Gran relato.
2º trabajo a realizar.
1. Escribir en presente.
Y si ves la posibilidad, intenta jugar con la misma estrategia del relato de Tobias Wolff: usar de pronto el futuro para volver después al presente. Pero esto sería ya para nota.
2. Narrador externo alter-ego.
3. Repetición de elementos técnicos diseminados equilibradamente por todo el texto.
B). No utilices fórmulas muy estereotipadas y usadas de introducción del narrador como “dijo” o “dijo, mientras cerraba el libro” o “dijo, moviendo su mano en gesto despectivo”. Los “mientras... + acción” están muy vistos. Igual ocurre con los gerundios (“moviendo”, “insinuando”, “demostrando”, etc.). Ya verás que tienden a salirte mucho. ¿Qué debes hacer, entonces? Poner el guión y explicar la acción partiendo de cero. Te pongo un ejemplo:
Ejemplo tópico:
María le dio la llave.
—Haz una copia para mi madre —le dijo, con voz firme.
—Vale. Lo que tú digas —le contestó cogiendo la llave y guardándosela en el bolsillo.
—Pero no la pierdas —le dijo mientras se daba la vuelta y se dirigía a la puerta de la calle.
Una forma menos tópica:
María le dio la llave.
—Haz una copia para mi madre. —Su voz sonaba firme.
—Vale. Lo que tú digas. —Cogió la llave. Apartó su mirada de la de ella y metió la llave en el bolsillo.
—Pero no la pierdas. —Se dio la vuelta. Caminó decidida hacia la calle.
miércoles, 18 de febrero de 2026
Introducción al Módulo de Relato del profesor José Carlos Carmona
Para aprobar este módulo habrá que presentar (colgar en el blog) los seis relatos cumpliendo TODOS los requisitos técnicos que se propondrán para cada uno de ellos, antes del 31 de mayo a las 14:00 hs. Se valorará de manera preferente a los que lo entreguen durante la semana porque el módulo pretende ayudar a crear un hábito de escritura. (Habrá otros criterios de evaluación que podéis consultar en la pestaña de arriba)
En este módulo nos orientamos hacia la copia o imitación de estilos de importantes autores americanos de la segunda mitad del siglo XX y contemporáneos. Y se hace sobre este periodo por varias razones. En primer lugar, porque se da por conocido los periodos anteriores que todos han debido apreciar y estudiar en el bachillerato y en la Universidad y porque es fácilmente detectable la existencia de una enorme y preocupante laguna sobre los autores más contemporáneos que o no aparecen en los programas de estudio o no se imparten porque el tiempo académico nunca da para llegar a estos últimos temas. Y en segundo lugar, se trabaja sobre los autores del periodo más contemporáneo porque, indudablemente, si queremos formar a escritores que se inscriban en la siguiente generación han de ser superadores (después de conocedores) del periodo histórico literario más reciente.
Después trabajaremos el narrador en primera persona pero que actúa como un narrador externo deficiente porque no cuenta de sí mismo nada de lo que piensa y siente él mismo. El resultado es fascinante.
Esto en lo referente a los tipos de narradores. Pero es que el despliegue teórico del curso también lleva aparejado en paralelo otras consideraciones de carácter técnico y estilístico que serán de gran utilidad para los alumnos en la asunción de nuevas herramientas para construir su propia técnica.
-Programa curso 2026
1-. El narrador interno protagonista. Elementos para la unidad formal. A propósito de "La cura", de John Cheever.
2-. El narrador externo alter ego. A propósito de "El otro Miller", de Tobias Wolff. Contar en presente.
3.- El narrador externo deficiente. El estilo cinematográfico. A propósito de "Vecinos", de libro de relatos "¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?", de Raimond Carver.
4.- El narrador omnisciente con personalidad. El flash back en pincelada por el diálogo. El dominio de los planos narrativos. A propósito de "El cazador judío", de "Como la vida misma", de Lorrie Moore.
5-. El narrador interno deficiente. La conjunción de los estilos modernos. A propósito de "Si me necesitas, llámame", de Raimond Carver, del libro de relatos "Si me necesitas, llámame".
6.- El narrador en segunda persona. A propósito de "Cómo ser la otra mujer", del libro de relatos "Autoayuda", de Lorrie Moore.
1ª Sesión. Narrador en 1ª persona (La cura, de John Cheever)
LA CURA
De John Cheever
Ocurrió en el verano. Recuerdo que hacía mucho calor tanto en Nueva York como en el barrio residencial donde vivimos, a las afueras. Mi mujer y yo habíamos discutido, y Rachel cogió a los niños y se marchó, con la camioneta. Tom no apareció —o por lo menos no advertí su presencia— hasta unas dos semanas después de la escisión familiar, pero la partida de Rachel y la llegada de Tom parecían estar relacionadas. La marcha de Rachel pretendía ser definitiva. Me había abandonado en dos ocasiones anteriores (la segunda nos divorciamos para luego volver a casarnos), y cada una de las veces acepté la separación con un sentimiento que no tenía mucho que ver con la felicidad, pero sí con aquella resurrección de la propia dignidad, del valor, que al parecer es la recompensa de aceptar una verdad dolorosa. Era verano, como ya he dicho, y en cierto modo me alegré de que ella hubiera elegido esa época para nuestra riña. De este modo nos ahorraba la inmediata necesidad de legalizar nuestra nueva situación.
Intervalos aparte, llevábamos trece años viviendo juntos: teníamos tres hijos e intereses económicos comunes. Intuí que ella se alegraba igual que yo de que las cosas siguieran su curso hasta septiembre u octubre.
Me complacía que la desavenencia hubiese ocurrido en verano, porque en esa época del año mi trabajo es más agotador que de costumbre y por lo general estoy demasiado cansado por la noche para pensar en otras cosas, y asimismo porque he advertido que el verano es la estación en que más fácil me resulta vivir solo. También supuse que Rachel querría quedarse con la casa una vez resueltos nuestros asuntos, y a mí me gusta la vivienda y pensé que aquellos días eran los últimos que pasaba en ella. Hubo unos cuantos síntomas secundarios de trastornos domésticos. En primer lugar, el perro y luego el gato se escaparon. Además, llegué a casa una noche y encontré a Maureen, la sirvienta, completamente borracha. Me dijo que su marido, que estaba en el ejército de ocupación en Alemania, se había enamorado de otra mujer. Lloró. Cayó de rodillas. La escena —nosotros dos, a solas en una casa anormalmente vacía de mujeres y niños, en una noche de verano— fue grotesca, con aquel carácter grotesco que —lo sé— puede anular la más firme de las resoluciones. Le preparé café, le pagué el salario de dos semanas y la llevé en coche a su casa; al despedirnos parecía sosegada y sobria, y pensé que era posible olvidar lo grotesco del caso. Después de todo eso, planeé un horario sencillo que confié en cumplir hasta el otoño.
Me dije que uno puede curarse de un matrimonio romántico, carnal y desastroso, y que, como cualquier clase de adicto después de las agonías de una cura, uno tiene que medir con exquisito cuidado cada paso. Decidí no contestar al teléfono, porque sabía que Rachel podía arrepentirse, y para entonces yo tampoco ignoraba la cantidad y la naturaleza de las cosas capaces de reconciliarnos. Si llovía cinco días seguidos, si uno de los niños padecía fiebre pasajera, si mi mujer recibía una carta con malas noticias, cualquier cosa de ese tipo podría bastar para que me telefonease, y yo no quería verme tentado a reanudar una relación que había sido tan desventurada. Los primeros meses serían como una cura, pensé, y organicé mi tiempo conforme a esa idea. Por la mañana cogía el tren de las ocho y diez a la ciudad y volvía en el de las seis y media. Yo tenía experiencia suficiente como para evitar la casa vacía en el crepúsculo estival, así que cogía el coche en el aparcamiento de la estación y me iba directamente a un buen restaurante llamado Orpheo's. Por lo general, siempre encontraba allí a alguien con quien hablar; bebía un par de martinis y me tomaba un filete. Luego me iba al autocine Stonybrook y veía un programa doble. Todo ello —los martinis, el filete y las películas— pretendía provocarme una especie de anestesia, y daba resultado. No quería ver a nadie aparte de a la gente de mi oficina.
Pero no duermo bien en una cama vacía, y pronto tuve que afrontar el problema del insomnio. Al volver del cine a casa, conseguía dormir, pero sólo un par de horas. Traté de sacar el máximo partido del insomnio. Si llovía, escuchaba la lluvia y los truenos. Si no llovía, escuchaba el ruido lejano de los camiones en la autopista, un rumor que me recordaba la época de la Depresión, cuando me pasé algún tiempo en la carretera. Los camiones bajaban rugiendo por la autopista –cargados de pollos, muebles, latas de conserva o jabón en polvo–. Aquel ruido significaba la oscuridad para mí, la oscuridad y los faros; y la juventud, supongo, puesto que al parecer se trataba de un sonido agradable. A veces, el ruido de la lluvia, el bullicio del tráfico o algo similar conseguían distraerme y me dormía de nuevo, pero una noche no resultó, y a las tres de la mañana decidí bajar al cuarto de estar y ponerme a leer.
Encendí la luz y busqué entre los libros de Rachel. Escogí uno de un autor llamado Lin Yutang, y me senté en un sofá a la luz de una lámpara. Nuestro cuarto de estar era confortable. El libro parecía interesante. Me hallaba en un vecindario donde casi ninguna puerta delantera estaba cerrada, y en una calle muy tranquila una noche de verano. Todos los animales de la zona son domésticos, y los únicos pájaros nocturnos que he llegado a oír son unos búhos junto a las vías del tren. Todo estaba muy tranquilo. Oí el breve ladrido del perro de los Barstow, como si lo hubiera despertado una pesadilla, y luego cesó el ruido. Todo volvió a quedar en calma. Entonces oí, muy cerca de mí, unos pasos y una tos.
Sentí que mis músculos se tensaban —quién no conoce esa sensación—, pero no levanté la vista del libro, pese a notar que me estaban observando. Tal vez existen la intuición y otras cosas por el estilo, pero soy más dichoso no teniéndolas en cuenta y, sin embargo, sin alzar la mirada del libro, no sólo supe que me estaban observando, sino que lo hacían desde el ventanal, al fondo de la sala, y que mi espía era alguien cuyo propósito consistía en observarme y violar mi intimidad. Allí sentado, bajo la luz de una brillante lámpara y rodeado por la oscuridad, me sentí indefenso. Pasé una página y fingí seguir leyendo. Entonces me distrajo un miedo mucho peor que el miedo al imbécil que estaba apostado al otro lado del ventanal. Tuve miedo de que la tos, los pasos y la sensación de ser observado procediesen de mi imaginación. Alcé los ojos.
Lo vi con toda claridad, y creo que él también me vio; reía burlonamente. Apagué la luz, pero fuera estaba demasiado oscuro y mis ojos se hallaban tan acostumbrados a la brillante luz de la lectura que no logré discernir ninguna forma al otro lado del cristal. Corrí al vestíbulo y encendí varias lámparas exteriores de la puerta delantera (no daban una luz muy intensa, pero me bastaba para ver a alguien que cruzase el césped); cuando volví al ventanal, el jardín estaba desierto y advertí que no había nadie donde él había estado. Podía haberse escondido en muchísimos sitios. La gran mata de lilas al borde del sendero podría haber ocultado a un hombre, y también las lilas y el arce de hojas cortadas. No iba a coger la vieja espada de samurai y perseguirlo. No yo, desde luego. Apagué las luces de fuera y permanecí en la oscuridad preguntándome quién podría ser el hombre.
Nunca he tenido nada que ver con gente que merodea por ahí por las noches, pero sé que la hay, y pensé que probablemente era un viejo chiflado de la fila de chabolas que hay junto a las vías, y quizá a causa de mi resolución, mi necesidad, de poner a todo buena cara —o por lo menos de tomármelo con calma—, incluso logré sentir piedad por aquel anciano que, en un arranque senil, se veía impulsado a salir de su casa y a vagar de noche por un vecindario desconocido, a merced de perros y de policías, sin más recompensa que la de ver a un hombre leyendo a Lin Yutang o a una mujer que administra pastillas a un niño enfermo o a alguien que saca de la nevera chile con carne. Mientras subía la oscura escalera oí truenos, y un segundo después una tromba de lluvia de verano inundó el condado, y pensé con lástima en aquel hombre que merodeaba, y en su caminata de regreso a casa bajo la tormenta.
Eran ya más de las cuatro, y me tendí a oscuras escuchando la lluvia y el tránsito de los trenes matutinos. Llegaban de Buffalo, Chicago y el Lejano Oeste, cruzaban Albany y bajaban a lo largo del río por la mañana temprano; en una u otra ocasión, yo había viajado en la mayoría de ellos, y tumbado en la oscuridad pensé en el aire glacial de los coches Pullman, en el olor de la ropa de dormir, en el sabor del agua del vagón restaurante y en lo que se siente al finalizar un día en Cleveland o Chicago y comenzar el siguiente en Nueva York, especialmente si se ha vivido fuera un par de años y en verano. Rodeado por la penumbra, imaginé los vagones oscuros en la lluvia, las mesas puestas para el desayuno y los olores.
Al día siguiente tenía mucho sueño, pero cumplí con mi trabajo y dormité en el tren de vuelta a casa. Podría haberme acostado en seguida, pero no quise correr riesgos y preferí seguir la rutina de ir a Orpheo's y después al autocine. Vi dos películas malísimas. Me dejaron aturdido y me dormí nada más acostarme, pero me despertó el teléfono. Eran las dos de la mañana. Me quedé en la cama hasta que cesó el sonido. Sabía que estaba completamente desvelado y que ningún ruido nocturno —el viento, el tráfico— me induciría al sueño, y bajé al cuarto de estar. No esperaba que volviese el mirón, pero mi lámpara de lectura era llamativa en el oscuro vecindario, y opté por encender las luces de la entrada y me senté de nuevo con el libro de Lin Yutang. Al oír el ladrido del perro de los Barstow, dejé a un lado el libro y miré al ventanal para asegurarme de que mi espía no había venido o de que, si venía, yo lo viese antes que él a mí.
No vi nada, nada en absoluto, pero al cabo de unos minutos experimenté aquel terrible endurecimiento de los músculos, aquella certeza de que me estaban observando. Volví a coger el libro, no con intención de leer, sino de demostrarle que su presencia me era indiferente. Hay muchas otras ventanas en el cuarto, por supuesto, y por un instante me pregunté cuál habría escogido esa noche como observatorio. Entonces lo supe, y el hecho de que estuviese detrás, de que estuviese a mi espalda, me asustó y me exasperó, y me levanté de un brinco sin apagar la luz y vi su cara en la estrecha ventana por encima del piano.
—¡Váyase al infierno! —aullé—. ¡Se ha ido! ¡Rachel se ha marchado! ¡No hay nada que ver! ¡Déjeme en paz! —Corrí a la ventana, pero se había ido. Y como había gritado a voz en cuello en una casa vacía, pensé que quizá me estaba volviendo loco. Pensé, una vez más, que acaso la cara de la ventana era fruto de mi imaginación, y cogí la linterna y salí al jardín.
Hay un macizo de flores bajo la ventana estrecha. Lo enfoqué con la linterna y vi que había estado allí. Había huellas en la tierra y algunas flores estaban pisoteadas. Seguí las huellas hasta el borde del césped y allí encontré una zapatilla de charol masculina. Estaba un poco resquebrajada y vieja, y pensé que podría ser de un anciano, pero sabía que no era propiedad de ningún sirviente. Supuse que el mirón era uno de mis vecinos. Arrojé la zapatilla por encima del seto hacia el montículo de estiércol del jardín de los Barstow, entré de nuevo en casa, apagué las luces y subí a mi dormitorio.
Al día siguiente pensé una o dos veces en llamar a la policía, pero no acabé de decidirme. Volví a pensar en ello por la noche, mientras esperaba mi bistec en Orpheo's. Me daba cuenta de que la situación, superficialmente analizada, era ridícula, pero el temor de ver de nuevo la cara en la ventana era real y acumulativo, y no veía razón alguna para soportarlo, sobre todo en una época en que me esforzaba en rehacer mi vida. Estaba oscureciendo. Fui a una cabina y telefoneé a la policía. Contestó Stanley Madison, que a veces dirige el tráfico desde la comisaría. Dijo: «Oh», cuando le expliqué que deseaba dar parte de un merodeador. Me preguntó si Rachel estaba en casa. Luego comentó que desde 1916, fecha en que se había hecho cargo de su puesto, no se había formulado en el pueblo ninguna denuncia de ese tipo. Me lo dijo con el comprensible orgullo que todos sentimos por nuestro barrio. Yo ya había previsto que me pondría en una situación de desventaja, pero Stanley me habló como si yo estuviese intentando vulnerar deliberadamente los bienes inmuebles. Prosiguió diciendo que un cuerpo de policía compuesto de cinco hombres era insuficiente, que trabajaban mucho y cobraban poco, que si yo quería que un agente vigilase mi casa, debería colaborar con las fuerzas policiales en el próximo mitin de la Asociación Pro Mejora Cívica. Trató de no parecer poco amable, y acabó la conversación preguntándome por Rachel y los niños. Cuando salí de la cabina telefónica, pensé que había cometido un error.
Esa noche estalló una tormenta justo en mitad de la película, y llovió hasta el amanecer. Supongo que el mal tiempo retuvo a Tom en casa, porque no lo vi ni lo oí. Pero volvió a la noche siguiente. Lo sentí llegar a eso de las tres y marcharse aproximadamente una hora más tarde, pero no levanté la vista del libro. Razoné que probablemente era un pesado inofensivo, y que, si por lo menos pudiera yo saber quién era él, conocer su nombre, el fulano perdería su capacidad de irritarme y yo reanudaría en paz mi programa de cura. Subí a la alcoba sin poder quitarme de la cabeza la cuestión de su identidad. Estaba bastante seguro de que era alguien del barrio. Me pregunté si alguno de mis amigos o vecinos habría invitado a pasar el verano a algún pariente chiflado. Repasé los nombres de todos mis conocidos, tratando de asociarlos con algún tío o abuelo excéntrico. Pensé que todo iría bien si conseguía desalojar al intruso nocturno, sacarlo de la oscuridad.
Por la mañana, cuando bajé a la estación, caminé entre la multitud del andén en busca de algún desconocido que pudiera ser el culpable. Aunque únicamente había entrevisto su cara, creí que le reconocería. Entonces lo vi. Así de simple. Aguardaba en el andén el tren de las ocho y diez con todos nosotros, pero no era ningún desconocido.
Era Herbert Marston, que vive en la gran casa amarilla de Blenhollow Road. Si me hubiera quedado alguna duda, habría sido resuelta por la forma en que me miró cuando se dio cuenta de que lo reconocía. Pareció asustado y culpable. Me dirigí hacia él por el andén. «No me importa que me espíe de noche por la ventana, señor Marston —iba a decirle, con una voz lo suficientemente alta como para incomodarlo—, pero me gustaría que no pisoteara las flores de mi mujer.» Entonces me detuve, porque vi que no estaba solo. Estaba con su mujer y su hija. Pasé por detrás de ellos y me quedé parado en la esquina de la sala de espera, mirando a la familia.
No hubo nada irregular en la expresión de Marston ni en su comportamiento en cuanto vio que iba a dejarlo tranquilo. Es un hombre de cabellos grises, un poco más alto de lo normal, cuya cara huesuda debía de ser atractiva cuando era más joven. Mi creencia en que la parálisis, los tics y otras flaquezas delatan un corazón tortuoso se vio defraudada. Sentí que perdía esa convicción aquella mañana al escudriñar su rostro en busca de algún indicio. Su aspecto era solvente, reposado y moral, mucho más que el de Chucky Ewing, que buscaba trabajo, o el de Larry Spencer, cuyo hijo tenía polio, o que el de cualquiera entre la docena de hombres que esperaban el tren. Luego miré a su hija Lydia. Lydia es una de las chicas más bonitas de la vecindad. Había viajado en el tren un par de veces con ella y sabía que estaba trabajando voluntariamente de secretaria para la Cruz Roja. Esa mañana llevaba un vestido azul y los brazos desnudos, y tenía un aspecto tan fresco, dulce y hermoso que por nada del mundo la hubiera molestado ni herido sus sentimientos. Después miré a la señora Marston, y si el indicio que yo había buscado se hallaba en alguna parte, era precisamente en su cara, aunque no entiendo por qué habría de afligirse ella por los caprichos de su marido. Hacía mucho calor, pero vestía un traje sastre castaño y una raída estola de piel. Una sonrisa impermeable iluminaba su cara cetrina y vulgar incluso mientras aguardaba el tren de la mañana. Mucho tiempo atrás, aquella cara debía de haber dado la impresión de estar hecha para una pasión violenta y hasta malévola. Pero años de rezos y abstinencia —pensé— habían erradicado aquella inclinación a la violencia, dejando únicamente a la señora Marston unas feas arrugas en los ojos y la boca y recompensándola con un aire de fétida e inflexible dulzura. Me dije que seguramente rezaba por su marido mientras él vagabundeaba en albornoz por los patios traseros de las casas. Yo había querido averiguar quién era Tom, y ahora que lo sabía no me sentía en absoluto mejor. Todos juntos, el hombre de cabellos grisáceos, la hermosa muchacha y la mujer, me hacían sentirme peor que antes.
Esa noche decidí quedarme en la ciudad e ir a una fiesta. Se celebró en un apartamento de uno de esos hoteles gigantescos: muy, muy, muy arriba. En cuanto llegué, salí a la terraza y busqué a alguien a quien invitar a cenar. Quería a una chica bonita con zapatos nuevos, pero al parecer todas las chicas bonitas se habían quedado en la costa. Había una mujer de pelo gris y otra con un sombrero blando, y también estaba Grace Harris, la actriz a la que había visto un par de veces. Grace es una belleza, aunque algo desteñida ya, y nunca hemos tenido gran cosa que decirnos, pero esa noche me dedicó una sonrisa muy cordial. Sonrisa cordial, sí, pero muy triste, y lo primero que pensé fue que debía de haberse enterado de que Rachel me había abandonado. Le devolví la sonrisa y fui al bar, allí encontré a Harry Purcell. Tomamos unas copas juntos y conversamos. Miré alrededor en un par de ocasiones, las dos veces vi a Grace Harris observándome con aquella triste, triste mirada. Me pregunté el motivo, y luego pensé que probablemente me había confundido con otra persona. Sé que muchas de esas beldades sin edad, de ojos violetas, son medio cegatas, y pensé que quizá no veía nada al otro lado de la sala. Se hizo tarde, pero yo no tenía nada especial que hacer, así que seguí bebiendo. Harry fue al lavabo y me quedé solo en la barra unos minutos. A Grace Harris, que estaba con otra gente en el otro extremo de la habitación, le faltó tiempo para acercárseme. Vino derecha y descansó en mi brazo su mano nívea.
—Pobre muchacho —murmuró—, pobre muchacho. —No soy un muchacho, y no soy pobre, y sentí unas ganas endiabladas de que se largara con viento fresco. Grace tiene una cara inteligente, pero aquella noche pensé que encarnaba toda la fuerza de una gran tristeza y una gran perversidad—. Veo una soga en torno a tu cuello —dijo tristemente.
Luego quitó la mano de la manga de mi chaqueta y salió de la sala, y supongo que se marchó a su casa, porque no volví a verla. Harry regresó y no le conté lo ocurrido, y yo mismo traté de no pensar mucho en ello. Me quedé en la fiesta demasiado tiempo y cogí un tren tardío a casa.
Recuerdo que me di un baño, me puse el pijama y me acosté. Nada más cerrar los ojos vi la soga. La cuerda tenía un lazo de verdugo en el extremo, pero yo había sabido desde el principio lo que había querido decir Grace: había tenido la premonición de que yo me ahorcaría. La soga parecía llegar lentamente a mi conciencia. Abrí los ojos y pensé en el trabajo que tenía que hacer la mañana siguiente, pero cuando los volví a cerrar hubo un momentáneo vacío en el que la soga cayó como arrojada desde una viga y se balanceó en el aire. Abrí los ojos y pensé un poco más en la oficina, pero al cerrarlos de nuevo vi la soga, que seguía columpiándose. Cada vez que cerraba los ojos y trataba de dormir, sentía como si el sueño hubiese cobrado la forma angustiosa de la ceguera. Y una vez desvanecido el mundo visible, nada podía impedir que la soga ocupara la oscuridad. Me levanté, bajé y abrí el libro de Lin Yutang. Pocos minutos después, oí a Marston en el jardín. Pensé que por fin sabía lo que él esperaba ver. Eso me asustó. Apagué la luz, me incorporé. Estaba oscuro al otro lado de la ventana y no pude verlo. Me pregunté si habría alguna cuerda en casa. Entonces recordé la amarra del bote de goma de mi hijo. Estaba en el sótano. Bajé a buscarla. El bote descansaba sobre unos caballetes y dentro de él había una larga amarra, lo bastante larga como para que un hombre pudiera ahorcarse con ella. Subí a la cocina, cogí un cuchillo y corté en pedazos la amarra. Luego reuní varios periódicos, los metí en el homo, abrí el tiro y quemé la cuerda. Después subí a mi dormitorio y me acosté. Me sentí a salvo.
No sé cuánto hacía que no había gozado de un buen reposo nocturno. Pero me noté raro por la mañana, y aunque pude ver por la ventana que hacía un hermoso día, eso no me levantó el ánimo. El cielo, la luz y el resto de las cosas me parecieron tenues y remotos, como vistos desde una gran distancia. La idea de volver a encontrarme con la familia Marston me revolvió el estómago, de modo que perdí adrede el tren de las ocho y diez y cogí otro posterior. La imagen de la soga persistía en el fondo de mi mente, y durante el trayecto la vi una o dos veces. Logré soportar la mañana, pero al salir de la oficina al mediodía le dije a mi secretaria que no volvería por la tarde. Tenía una cita para almorzar con Nathan Shea, en el University Club; llegué temprano y tomé un martini en el bar. A mi lado, un señor de edad refería a su amigo la regularidad de sus costumbres, y sentí unas inmensas ganas de darle en la cabeza con un bol de palomitas de maíz, pero me bebí mi aperitivo y clavé los ojos en el reloj de pulsera del camarero, colgado en torno al largo cuello de la botella de crema de menta blanca. Cuando llegó Shea, tomé dos copas más con él. Anestesiado por la ginebra, conseguí engullir el almuerzo.
Nos despedimos en Park Avenue. Allí me abandonó el efecto del alcohol y vi de nuevo la soga. Eran como las dos de una tarde soleada, pero sombría para mí. Fui al Corn Exchange Bank y cobré un cheque de quinientos dólares. Entré después en los almacenes Brooks Brothers y compré corbatas y una caja de puros, y subí a echar un vistazo a los trajes. Había pocos clientes en el establecimiento, y entre ellos reparé en aquella muchacha o mujer joven que parecía estar sola. Supuse que estaría haciendo compras para su marido. Era rubia, y su piel blanca era de ese tipo que parece papel fino. Hacía mucho calor, pero ella daba la impresión de no notarlo, como si en el viaje en tren desde Rye o Greenwich hubiera sido capaz de conservar la frescura de su baño. Tenía hermosos brazos y piernas, pero la expresión de su cara era sensata, pacífica, incluso muy de ama de casa, y aquel aire cuerdo parecía acentuar la belleza de sus brazos y piernas. Se dirigió al ascensor y apretó el botón. Me acerqué y me puse a su lado. Bajamos juntos y salí tras ella a Madison Avenue. La acera rebosaba de gente, y caminé a su lado. Me miró una vez y supo que yo la seguía, y yo supe que no era una mujer de esas que en seguida te piden que las ayudes. Aguardó en la esquina a que la luz del semáforo cambiara. Esperé a su lado. Fue cuanto pude hacer para evitar decirle muy, muy suavemente: «Señora, ¿me permite que le coja un tobillo? Es todo lo que le pido, señora. Me salvará usted la vida. Le pagaré el favor.» No volvió a girar la cabeza, pero vi que estaba asustada. Cruzó la calle y caminé junto a ella, y una voz dentro de mi cabeza repetía sin cesar: «Por favor, déjeme poner la mano en torno a su tobillo. Me salvará la vida. Sólo quiero rodearle el tobillo con la mano. Con mucho gusto se lo pagaré.» Saqué mi cartera y de ella unos billetes. Entonces oí que alguien, detrás de mí, me llamaba por mi nombre. Reconocí la voz campechana de un representante de publicidad que entra y sale de nuestra oficina. Me guardé la cartera en el bolsillo, crucé la calle y traté de perderme entre el gentío.
Llegué a Park Avenue y después a Lexington, y me metí en un cine. Un viento frío y viciado me llegó del ventilador, como el aire de los Pullmans a los que yo había oído bajar por la mañana a lo largo del río, procedentes de Chicago y el Lejano Oeste. El vestíbulo estaba vacío, y me sentí como si pisara el umbral de un palacio o una basílica. Subí por la estrecha escalera que ascendía para luego girar bruscamente, alejándose del resplandor. Los rellanos estaban sucios y las paredes desnudas. La escalera me condujo al anfiteatro, y me quedé sentado en la oscuridad, pensando que ya nada iba a salvarme, que ninguna muchacha bonita con zapatos nuevos se cruzaría a tiempo en mi camino.
Volví a casa en tren, pero me sentí demasiado fatigado para ir a Orpheo's y después al autocine. Conduje desde la estación a casa y metí el coche en el garaje. Desde allí oí que llamaban al teléfono, y aguardé en el jardín hasta que dejó de sonar. En cuanto entré al cuarto de estar, vi en la pared las sucias huellas de manos que habían dejado los niños antes de marcharse. Las huellas estaban casi a la altura del zócalo y tuve que arrodillarme para besarlas.
Me quedé sentado mucho tiempo en el cuarto. Me dormí, y al despertar era tarde; todas las demás casas estaban a oscuras. Encendí una luz. Pensé que El mirón se estaría poniendo su albornoz y las zapatillas para empezar su merodeo por jardines y patios traseros. La señora Marston estaría de rodillas, rezando. Cogí el libro de Lin Yutang y empecé a leer. Oí el ladrido del perro de los Barstow. Sonó el teléfono.
—¡Oh, cariño mío! —grité al oír la voz de Rachel—. ¡Cariño mío! ¡Cariño! —Ella lloraba. Estaba en Seal Harbor. Había llovido durante una semana, y Tobey tenía cuarenta grados de fiebre—. Salgo ahora mismo —dije—. Conduciré toda la noche. Llegaré mañana. Mañana por la mañana. ¡Cariño mío!
Eso fue todo. Todo había acabado. Preparé una bolsa, desconecté la nevera y conduje toda la noche. Hemos sido felices desde entonces. Que yo sepa, Marston no ha vuelto a acechar nuestra casa en la oscuridad, aunque lo he visto a menudo en el andén de la estación y en el club de campo. Su hija Lydia va a casarse el mes que viene, y el nombre de su cetrina esposa ha salido hace poco en el cuadro de honor de una institución nacional de beneficencia, en reconocimiento de sus buenas obras. Todo el mundo está bien en el vecindario.















